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6 de junio de 2009
Celebración del Centenario de la canonización de San Clemente María Hofbauer, C.Ss.R.


Editorial:

Tenemos el gusto de enviarle este número especial de SCALA en el que se relata cómo fueron las celebraciones del Centenario de la canonización de San Clemente María Hofbauer en Viena, Austria.

Con excepción de los Capítulos Generales y de los Encuentros de jóvenes, no es frecuente semejante tipo de encuentro internacional, mundial, de Redentoristas. Viena, en Austria; Tasswitz, en la República Checa; y Cracovia, en Polonia, fueron escenarios de este encuentro que se tuvo del 18 al 22 de mayo.

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Más de 200 Redentoristas e invitados laicos, llegados incluso de muy lejos como del Paraguay y de los Estados Unidos, así como una numerosa representación de toda Europa del Norte y del Este se encontraron en primer lugar durante tres días en Viena, en los que se tuvieron liturgias y celebraciones maravillosas.
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Las fotos de las actividades de tales días ilustran este número especial de SCALA en el que encontrará usted tres presentaciones que le harán apreciar tanto el sentido pastoral y comunitario de las celebraciones como el orgullo de los Redentoristas por ser cohermanos de San Clemente.
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En la primera tarde en Viena, tras una liturgia en la iglesia Marienkirche de Viena-Hernals, presidida por el P. Lorenz Voith, Superior provincial de Viena, y flanqueado por el Padre General y por el Consultor General, P. Jacek Dembek, nos reunimos en el salón parroquial San Clemente.

 

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Se nos hizo la presentación de un artículo que relataba la vida de San Clemente en ocho lugares, y que fue escrito en el siglo pasado por Alois Mair-Weinberger, sacerdote austríaco, y escenificado por actores de nuestra parroquia Marienkirche. Como pudo percibirse, los artistas y el equipo habían ensayado durante mucho tiempo para ofrecernos una función excelente y muy divertida que sirvió a un tiempo de información sobre la vida del santo. La velada terminó con una barbacoa vienesa regada con una buena cerveza local Ottakringer

En la segunda tarde se tuvo la misa, nuevamente celebrada en Marienkirche, y cuyo celebrante principal y predicador fue el Padre General. Pasajes de su homilía se encuentran en esta número. Tras la misa, se ofreció una cena de gala en el salón parroquial. Fue en esta cena cuando el P. Hans Shermann leyó su "Carta a San Clemente", que también se reproduce más abajo. En la misma ocasión, el Dr. Otto Weiss, experto en historia de la Congregación, recibió el título de Oblato por sus investigaciones y por su contribución a la historia redentorista.

Por la mañana del tercer día nos reunimos en la bella iglesia de la abadía escocesa de Viena. El Arzobispo Peter Stephan Zurbriggen, Nuncio Apostólico en Austria, fue el invitado principal. Se tuvieron actuaciones especialmente preparadas tales como un cuarteto de cuerda que interpretó varias piezas clásicas, y la coral infantil del Klemens Maria Hofbauer-Gymnasium de la ciudad Katzelsdorf an der Leitha que hizo derramar lágrimas a la asamblea cuando ejecutó "La Rosa", tras la excelente presentación del Dr. Otto Weiss que transcribimos igualmente más abajo.

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Fue durante esta celebración cuando las Provincias de Estrasburgo y de Lyón-París ofrecieron a la Provincia de Viena, como presente, una casulla usada por San Clemente, y que ambas habían conservado cuidadosamente. Sin duda alguna, ustedes recuerdan cómo San Clemente tuvo problemas con las autoridades porque llevaba consigo en sus viajes unos ornamentos sagrados que le hicieron sospechoso de robo.
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Por la tarde, la jornada se coronó con una procesión por las calles de Viena. Salió de la Platz Am Hof en dirección a Maria am Gestade. Allí, más de 200 Redentoristas, y una iglesia a rebosar, rindieron homenaje a la tumba de Clemente y participaron en una eucaristía concelebrada y presidida por el Obispo auxiliar de Viena, Mons. Stephan Turnovszky, que representaba al Cardenal Cristooff Schönborn, Arzobispo de Viena. Se cantó la Misa de la Coronación de Wolfgang Amadeus Mozart. Tras la comunión, los provinciales presentes, representando a las Provincias cuyo origen se remonta a San Clemente, rindieron homenaje a nuestro querido Santo. El anfitrión, Padre Voith, obsequió a muchos de los organizadores y participantes. La noche concluyó con un concierto fuera de la iglesia y con una cena festiva servida en tres lugares diferentes para que la gente estuviera bien acomodada.

En el cuarto día, los peregrinos continuaron en autobús hacia Tasswitz, en la República Checa, lugar de nacimiento de Clemente y donde se hizo una breve parada para celebrar la misa y continuar después viaje hasta Cracovia donde se visitaron los lugares de

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San Clemente y se participó en la misa de clausura presidida por el Cardenal Arzobispo de Cracovia, Mons. Stanislaw Dziwisz.

Sería mucho lo que podría decirse sobre la amabilidad y hospitalidad que los cohermanos vieneses y los de otras Provincias de Europa Norte brindaron a sus invitados. No hay suficientes palabras para expresar la gratitud de la Congregación por sus esfuerzos en hacer del Centenario de la canonización de San Clemente un acontecimiento extraordinario e inolvidable. Para todos los participantes fue un testimonio de dinamismo misionero de la Congregación y un nuevo incentivo para proclamar la abundante redención en todo el mundo.

¡Gracia y Redención para todos!
Gary Ziuraitis, C.Ss.R.

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Viena Austria
Centenario de la canonización de San Clemente
Dr. Otto Weiss

Querría llevarlos a ustedes a dar un paseo a través del tiempo.

Empezamos en la Viena de hace 200 años; o sea, el 20 de mayo de 1809. Sobre la ciudad, las nubes se deslizan bajas y el Danubio va a rebosar. El país está en guerra. Hace ya una semana que Napoleón entró en la ciudad. En la noche del 11 al 12 de mayo comenzó un bombardeo que alcanzó a las casas del centro de la ciudad. Napoleón se instaló en el palacio Schönbrunn. Sus soldados, un total de 90 mil hombres, acamparon al norte de la ciudad, en la margen derecha del Danubio.

Hace exactamente 200 años, Napoleón empezaba a construir un puente sobre el principal ramal del Danubio para unir Kaiserebersdorf con Lobau, y de ahí, con la zona de Aspern y Essling. Es difícil construir puentes allí porque son batidos por las continuas corrientes. El mismo día, los soldados austríacos impedían a algunos regimientos del ejército francés cruzar el río por Jedlesee, varios kilómetros río arriba. Los días 21 y 22 de mayo se entabló la batalla de Aspern. Del lado austríaco, los muertos fueron 24 mil; y del lado francés, 30 mil. Napoleón, derrotado, tuvo que retirarse de Viena. Sin embargo, a la celebrada victoria de Aspern seguiría la sangrienta derrota de Wagram los días 5 y 6 de julio de 1809. Viena continuaría ocupada hasta octubre del mismo año. Las iglesias vienesas, incluida Maria am Gestade, serían usadas como caballerizas. Algunos ciudadanos vieneses se enfrentaron cuerpo a cuerpo con los oficiales franceses, pero fueron ejecutados. La vida en la ciudad era todo abatimiento y confusión.

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Expulsado de Varsovia por Napoleón, el Padre Clemente Hofbauer, de 56 años entonces, pretendía tan solo pasar un breve tiempo en la capital del reino para solucionar determinados asuntos económicos antes de partir o bien a un convento redentorista de Italia, o bien junto a sus cohermanos de Suiza. La obra de su vida se encontraba en ruinas: la floreciente fundación de Varsovia, sus muchas escuelas y orfanatos; todo fue cerrado por Napoleón. Pero Clemente no tenía intención de rendirse. Quería comenzar de nuevo; si no en Europa, en Canadá. Siempre soñó con esto.

Pero las cosas sucedieron de modo diverso. Una vez más, Clemente quedó atrapado en las redes de la policía y de la burocracia. Al querer llevar consigo los ornamentos sagrados de Varsovia, sospecharon que se trataba de un ladrón de iglesias... Tuvo que permanecer en Viena hasta que todo se aclaró; si bien, para entonces, Napoleón se encontraba ya a las puertas de la ciudad. Cuando Viena fue tomada, Hofbauer se refugió en casa de una familia amiga en el centro de la ciudad. Al ver que se aproximaba el ejército francés, abandonó su apartamento en los suburbios de Alser. Pero un disparo alcanzó la casa donde se encontraba.

pic pic Tras la batalla de Aspern, ocurrida el 20 de mayo de 1809, Hofbauer decidió permanecer en Viena. Los soldados heridos necesitaban su ayuda. Los amigos le pidieron que no abandonara la ciudad. Consiguieron que ejerciera un cargo en la iglesia nacional italiana, la iglesia de los Minoritas, cerca de donde él vivía. La iglesia atraía a la gente desde los tiempos en que el compositor Antonio Salierei dirigiera el coro y la orquesta. Pero pocos vieneses sabían que dicha iglesia era también el centro sumamente activo de una organización católica laica que se llamaba “Amistad Cristiana”. Hofbauer había sido durante un tiempo miembro de dicha comunidad. Ahora, como sacerdote, podía usar y perfeccionar su estructura ya de por sí muy bien organizada. Se convirtió en su director espiritual en Viena. Con su ayuda, entabló contactos con intelectuales católicos de vanguardia así como también con los filósofos Friedrich Schlegel y Adam Müller. Comenzó de esta forma, como diría más tarde Hermann Bahr, a desafiar a la ciudad a través de la “impresionante realidad de su carácter”. En él no había ningún brillo externo, - decía Bahr - no tenía dotes de persuasión, pero nadie conseguía resistirse a la fuerza interior de su presencia”.

Durante once años fue posible verlo por las calles de la ciudad. Fueron años muy movidos. El emperador regresó. Napoleón fue finalmente vencido en Waterloo. Viena se convirtió por un tiempo en el centro de Europa. Sin embargo, entretanto el congreso se encontraba reunido, discutiendo, negociando y cambiando el mapa de Europa, el Padre Hofbauer trataba de convertir los corazones de las gentes de Viena, si bien las autoridades continuaban vigilándolo y prohibiéndole predicar. Indudablemente, el congreso no lo dejó indiferente. Julie Zichy, la mujer más hermosa del congreso y una de las más cortejadas por duques y nobles, era su penitente e, incluso el príncipe de la corona de Bavaria, el futuro rey Luis I, le pedía consejo. El Padre Hofbauer daba de sí todo lo que podía, incluso a aquellos grandes hombres que deliberaban sobre la historia del mundo.

Sin embargo, su corazón pertenecía especialmente a los pobres. Sebastian Brunner escribe: "Los pobres eran sus amigos. Él no lo decía con palabras hueras, sino que daba testimonio de esto con toda su vida”. Confortaba a los pobres de los barrios bajos, de los suburbios, pero no con la promesa de una vida mejor en el más allá. Diariamente llevaba ollas de sopa y de otros alimentos – bien ocultos bajo su viejo manteo - a la gente que vivía lejos. Y, sin embargo, aquel mismo hombre podía hacer compañía a personajes de excepcional formación, profesores de la universidad de Viena y respetables representantes de la sociedad local convirtiéndose, además, en su consejero y guía en aquellos tempestuosos tiempos.

Cuando murió, quedó patente lo que él significaba exactamente para tales personajes. Dorothea Schlegel, mujer excepcional a la que Carla Stern dedicó un notable libro años atrás, lo expresó con las siguientes palabras: "Lo que yo perdí, lo que todos nosotros perdimos, fue lo que durante toda mi vida busqué, nuestro querido padre espiritual. No puedo hablar de esto porque se me parte el corazón; si me refiero a mi alma, tengo que reconocer que el quedarme sin él en esta vida fue quedarme sin alegría”.

Hermann Bahr escribe: "Con este hombre, el propio Espíritu se hizo presente en una ciudad desatendida. Las autoridades no estaban acostumbradas a esto. Clemente no aceptaba prohibición alguna, y no se podía arrestar a una persona por escritos cuya eficacia está en la realidad de su propio carácter. Debieron soltar un suspiro de alivio cuando murió. Pero lo que ellos no podían saber es que para entonces ya había comenzado a vivir Clemente de otra forma y en otros lugares del país. En efecto, los discípulos de Hofbauer volvieron tranquilamente y se hicieron con los corazones de la gente mientras la semilla que Hofbauer plantara comenzaba a florecer”.

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Damos un salto en el tiempo. De 1809 a 1909. La fecha es nuevamente el 20 de mayo. La basílica de San Pedro en Roma está a rebosar. Entre la multitud, muchos austríacos y vieneses son fácilmente reconocibles. El clero camina por la basílica llevando al frente el estandarte con la imagen del nuevo santo tras el cual se ve perfectamente al fondo la bandera de la catedral de San Esteban de Viena. Los vieneses tienen todo el derecho del mundo a estar orgullosos. Habían pasado 424 años desde que fuera canonizado el último santo austríaco: el patrono de su país, el duque Leopoldo III de Babenberg, y habían pasado 163 años desde que fuera canonizado el último santo de lengua alemana, el Capuchino Fidelis de Sigmaringen...

El nuevo santo, como relataban los periódicos de la época, era un santo moderno. Como dice el Jesuita Moritz Meschler, la era moderna se caracteriza por bellos trazos, dignos de elogio y extraordinarios: " Hay una enormidad de trabajo que realizar en todas las áreas de la vida, se da excelencia en la palabra escrita y en el poder de la prensa, hay seriedad a la hora de dar soluciones a los temas sociales, existe el vigor de la caridad”. Hofbauer tuvo instintivamente consciencia de esto y lo transmitió como un legado personal a los católicos austríacos y alemanes, una misión que continúa hasta hoy día.


El propio Martin Spahn, católico reformado, da fe de que el catolicismo alemán está en el camino moderno gracias al “estilo sencillo de Hofbauer”, si bien él pone el énfasis en algo un poco diferente. Como Hofbauer, los católicos en Austria y en Alemania vienen dando desde el siglo XIX gran importancia a la firmeza de la confesión religiosa y valorando con veneración la cabeza de la Iglesia: "sencillos en la fe, atentos a sus devociones, tolerantes, comprensivos y respetuosos con los de otras confesiones”. Spahn expresa el deseo de "que la intercesión de Hofbauer conceda a los católicos alemanes la gracia de caminar por los senderos que él mismo frecuentó - con la misma confianza en Dios, con el mismo espíritu de fe inquebrantable, de amor cristiano, y de leal entrega al deber”.
Regresemos ahora al presente. Han pasado 200 años desde el ataque a Viena por las tropas napoleónicas y de la batalla de Aspern, hechos que Hofbauer vivió de cerca; han pasado 100 años de su canonización y podemos valorar lo qué él pasó. ¡Han cambiado tantas cosas desde entonces! La ciudad de Viena se ha multiplicado por mucho. Aspern y Essling forman actualmente parte del distrito 23 de la ciudad. Los carruajes todavía circulan por la ciudad, pero solo para impresionar a los turistas con lo que fueron los tiempos pasados. Los verdaderos medios de transporte son el automóvil y el avión. Vivimos en una nueva era digital, con sus realidades virtuales. Sin embargo, otras muchas cosas han permanecido inmutables: gentes viviendo marginadas de la sociedad, en la pobreza y en la enfermedad, que estarían felices si un Padre Clemente Hofbauer apareciera en medio de ellos con su amplio manteo y sus ollas de sopa, sin preguntar si son católicos o no. Algo que también ha permanecido son las preguntas que el pueblo se hace todavía sobre el sentido de la vida, las preguntas de quienes ansían ser oídos y respondidos, como lo que Hofbauer acostumbraba a hacer con los de su tiempo "debido a la sinceridad de su propio carácter”.
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Pienso que Clemente es todavía un santo moderno y, a decir verdad, tal vez hoy más que nunca. El legado del que hablaba Martin Spahn es todavía importante. Lo mantenemos hoy. Es bueno hacerlo. Sin embargo, hay algo más importante que debemos aprender de Clemente: ver con sus ojos y con su corazón y estar ahí, como él, disponibles para los marginados de la sociedad, y no con palabras vacías, sino con "hechos concretos de nuestra vida”... Y otra cosa más que debemos aprender de él: a no desanimarnos en las horas difíciles porque sabemos – como él sabía - que es Dios quien lo dirige todo. pic



Viena, Austria
Centenario de la canonización de San Clemente Hofbauer
Carta a San Clemente
Hans Schermann, C.Ss.R.


En los próximos días, muchas cosas se dirán sobre Clemente Hofbauer. Me gustaría escoger una perspectiva diferente y no hablar de "él", sino "con" él personalmente. Doy por hecho que la persona que estamos celebrando se encuentra ya efectivamente entre nosotros, aquí y ahora; y que, en todo caso, él puede vernos y escucharnos. Por tanto, voy a hablar con él directamente.

Reverendísimo Padre Vicario General, Padre Clemente María Hofbauer:

Es un honor para mí poder dirigirle hoy, aquí en Viena, unas breves pero muy ardientes palabras. Realmente, no soy la persona adecuada para esto. Soy un extranjero, un recién llegado. Pero, después de todo, también Usted fue lo mismo ¡por eso estamos efectivamente en el mismo barco! Y ya entre nosotros, ¿qué sería de Viena sin sus inmigrantes, sin los recién llegados?

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Querría sencillamente agradecerle su vida y su trabajo en nuestra ciudad; porque lo que hizo Usted en el resto de Europa, estoy seguro de que otra persona se encargará ya de darlo a conocer a su tiempo.

Usted vivió de joven aquí, en Viena; y trabajó para el reputado panadero Weyrig en el callejón Johannesgasse.

Usted estudió también entonces en la universidad de Viena. Es cierto que no hemos encontrado su nombre en la lista de matriculados aquel tiempo en la universidad, pero existen sus motivos para esto. Es bien sabido que Usted no estaba de acuerdo con todo lo que se enseñaba en la universidad. Esto le honra y es señal de que Usted era un buen estudiante. Años después expresaría Usted mismo, en una carta, su opinión sobre los profesores de la universidad. Puede que no lo recuerde, pero el 19 de agosto de 1800 - entonces vivía Usted en Varsovia y no en Viena – escribió usted al Padre General Blasucci: "En ninguna parte he visto tratar al clero con tanta deferencia como en Viena... Si bien desde hace más de 30 años, ya bajo el reinado de María Teresa, muchas cátedras de la universidad las ostentaban profesores hostiles al cristianismo, y Viena podía llamarse justamente el nido de numerosos enemigos de la fe cristiana, especialmente en tiempos del Emperador José, de forma que, a pesar de ello, en ninguna parte encontré tanta piedad y devoción como allí”. Ante estas últimas palabras a todo católico de Viena se le hinche el pecho de orgullo. Permítame que a costa de este elogio a los vieneses haga un poco de humor: y es que me sospecho que continúa Usted todavía elogiándolos del mismo modo.

Usted, en aquel entonces, dio la espalda a Viena. Se fue a Roma y allí entró en la Congregación redentorista. Pero apenas un año más tarde, en 1786, de nuevo está Usted aquí. Trae consigo una importante misión: fundar una casa de la Congregación en Viena - abocada sin duda alguna al fracaso en las circunstancias políticas de aquel entonces. ¿Y es que no se le ocurrió a Usted pensar en eso?

Su llegada, y la de sus amigos, a Viena no pasó desaoercubuda en aquel año de 1786. Marcus Antonius Wittola informó sobre ella en términos sumamente despectivos en el „Wienerischen Kirchenzeitung“ (boletín de la Iglesia de Viena): ¡Llegan los Jesuitas! Usted, desde Varsovia, le escribió una larga carta explicando los hechos. Y él publicó en el periódico de la Iglesia esa misma carta suya juntamente con sus cínicos comentarios. Aclarar una aclaración es imposible.

pic Dado que la fundación de un convento en Viena era una empresa imposible, se dirigió Usted entonces a otros lugares de Europa donde trabajó de forma admirable; sobre todo en Varsovia, Suiza y en el sur de Alemania. Pero durante estos años, pasó Usted muchas veces por aquí, por Viena. ¡Y consiguió Usted hacer buenos amigos, y también grandes enemigos!

Y fue Viena también su refugio cuando Usted y sus hermanos fueron expulsados de Varsovia en 1808. ¡Y menuda excelente acogida que le deparó entonces nuestra ciudad! Llegó Usted aquí recién salido de la cárcel de Küstrin, profundamente entristecido debido a la destrucción de la labor de su vida en Varsovia, humillado, confundido; y, una vez más, la policía vienesa lo detuvo sólo por precaución, porque llevaba Usted consigo en su equipaje unos ornamentos sagrados ¡lo confundieron con un ladrón de iglesias! Pasados unos días, la cosa se aclaró y lo pusieron en libertad - ¡Me disculpo oficialmente por este error de nuestra policía vienesa!

Querría expresarle, además, mi gratitud y reconocimiento por la preocupación que mostró Usted en Viena por los altos funcionarios y policías. Los caballeros de la Policía Secreta siguieron sus pasos en las reuniones que mantuvo con estudiantes y profesores de la universidad, mostrando también sumo interés por sus sermones. A estos sabuesos, en efecto, debemos hoy algunos interesantes detalles sobre sus sermones:
"Hofbauer tiene un alarmante círculo de amistades", escribe uno de ellos en sus notas. También – al parecer de éstos - debía Usted predicar de forma "dogmática" - ¿Sabe usted qué significa "dogmática?" Ni el propio agente de la Gestapo debía de saberlo, al parecer....

Y según se dice también allí - Usted debía de predicar de forma tremendamente vulgar. Por ejemplo, Usted habría dicho: "Hoy quiero hacer una predicación tan sencilla que cualquier niño, incluso el más ignorante de ustedes, pueda comprenderla”. ¡Gracias por haber pensado en los más ignorantes de entre nosotros!

Los de la Gestapo tenían todavía otras muchas más cosas que decir sobre Usted; por ejemplo, que Usted era muy respetado por el arzobispo de Viena, Sigismund Duke Hohenwart, y que comía con él casi todas las semanas. Si todo lo que los señores de la policía escribieron sobre Usted es tan cierto como esto, eso ya naturalmente harina de otro costal.

Por lo demás, Usted mantuvo ocupadas no solo a las autoridades y a la policía de Viena, sino a las de todo el imperio austrohúngaro, y a más todavía. Poseemos documentos sobre Usted – a su favor y en su contra - en los archivos de media Europa: en Varsovia y París, en Dresden y Lemberg, en Berlín y Roma, en Cracovia y en Friburgo, y, naturalmente, en Viena, y también en otras ciudades. ¿Qué otro santo mantuvo en vilo a tantas autoridades y gobiernos, incluido al propio Napoleón? ¡Es impresionante cómo se las arregló Usted para lograr tanto!

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¡Pero volvamos a Viena! Es para mí una oportunidad este regreso a fin de poder agradecerle su inmensa labor pastoral en nuestra ciudad. Cuando Usted llegó aquí como refugiado en 1808, no se dejó desalentar, sino que comenzó de nuevo su obra con admirable y enorme energía – para entonces ya no era Usted una persona joven, sino un hombre de casi 60 años. Fue Usted el confesor de las Ursulinas – éste era su cometido oficial – pero fueron otras muchas cosas las que hizo Usted además.

Consiguió Usted atraer a la juventud, a estudiantes de la universidad, y a profesores igualmente. Afianzó su fe y les ayudó a ver el Evangelio con nuevos ojos. No pocos de ellos entraron más tarde en nuestra Congregación.

Hizo Usted mucho por los pobres de Viena; por los mendigos y por los inmigrantes que vivían abandonados en los suburbios de Viena como ahora aquí en Hernals, por ejemplo, y también por los artistas sin dinero, por los estudiantes y por los desmoralizados de todo tipo. ¡Cosas sorprendentes sobre Usted nos han contado en este sentido!

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Y entretanto, frecuentaba Usted también los más altos círculos de nuestra ciudad; se hace presente en el ambiente de románticos como Friedrich Schlegel, entra y sale de casa del gran Conde Franz von Széchényi. Nos maravilla ver cómo le ha sido posible todo esto a aquel niño de campo y al aprendiz de panadero en Taswitz que – como Usted mismo dijo en una ocasión - no aprendió nada. Bueno, algo sí que debió de aprender Usted en ese tiempo. Y debido especialmente a su gran experiencia, sería también mucho más lo que llegó a saber. Pero lo que resulta más admirable es que fuera Usted, además, ¡el consejero más solicitado de tales ambientes!

Querría agradecerle igualmente el gran esfuerzo que hizo para que su Congregación - la nuestra – tuviera una casa aquí, en Viena. Usted no desistió jamás de esa idea. Hasta sus buenos amigos movían la cabeza ante - en su opinión – excesivo celo suyo. Su admirador y excéntrico amigo Zacharias Werner dijo más de una vez: "El Padre Hofbauer sería un santo perfecto si pensara casi exclusivamente – hiciera lo que estuviera haciendo – en la fundación y en el aumento de sus casas misioneras”. Hoy en día no conseguimos imaginar cuántas reuniones fueron necesarias para conseguir el reconocimiento de los Redentoristas en Viena, la diplomacia que debió usar y cuánta maniobra le fue necesaria.

Usted cerró por última vez sus ojos antes de que llegaran a buen término sus intentos por conseguir el reconocimiento de los Redentoristas en Austria. Pero abrió el camino para que la Congregación arraigara en nuestra ciudad y, desde ella, se expandiera por más de medio mundo. Ésta es, y sigue siendo, una página gloriosa en su vida.

Fue también en Viena donde Usted cerró por última vez los ojos a este mundo muriendo el 15 de marzo de 1820. No puedo darle las gracias por esto, porque morimos allí donde la muerte nos alcanza. Pero Usted se salvó de esta norma por un milagro. Podía muy bien haber muerto en cualquier otra parte que no fuera Viena, pero ¡sólo Dios sabe dónde hubiera sido!

El problema fue que, en 1818, las autoridades le causaron el gran bochorno de registrar su casa y, como resultado, descubrieron que Usted pertenecía a una orden religiosa que también existía fuera del reino austríaco, algo que consideraron entonces ultrajante e intolerable por motivos de seguridad nacional. Le dieron la oportunidad de elegir entre abandonar la Congregación o Viena. Usted contestó al jefe de la comisión que le investigaba: "¡Si esto es así, entonces salgo de Viena!" ¡Mi enhorabuena, Padre Hofbauer! Fue sólo la más alta intervención del Papa y también del Emperador las que impidieron que muriera fuera de aquí. ¡Qué bendición! No para Usted – imagino – sino para Viena.

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Reverendísimo Padre Vicario General, Padre Clemente María Hofbauer, Usted fue canonizado hace ahora cien años. Y pocos años más tarde, el 14 de enero de 1914, fue nombrado Patrono de la ciudad de Viena. Desde entonces, ¡han ocurrido tantas cosas terribles en nuestro país, en nuestra Europa, en nuestro mundo como nunca jamás antes se habían visto! Nos abandona la esperanza y no dejamos de preguntarnos quién, finalmente, gobierna la historia del mundo, ¿nuestro Señor Jesucristo al que llamamos Señor del mundo y de la historia, o su archienemigo?

¡No estamos seguros de que en el futuro no nos vuelva a ocurrir lo mismo! Comprenderá Usted entonces que ser nombrado Patrono de la ciudad de Viena no es sólo un título honorífico, sino una continua misión suya, la misión de ser responsable de nosotros y de nuestra ciudad. Y querríamos pedirle, con toda amabilidad, pero también con suma urgencia, que cumpla Usted su misión. ¿O es que va a olvidar a su ciudad de Viena, se va a ir de ella?

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Era esto todo cuanto quería decirle. Espero que Usted tome mis torpes palabras de la forma en que las siento: como expresión de la admiración y del respeto más profundo que siento hacia Usted, como señal de gratitud y de estima, y como prueba de nuestra confianza en Usted de cara a nuestro futuro.

Mis queridos invitados, eso era cuanto quería hablar con nuestro Padre Clemente María Hofbauer, aquí presente y muy festejado en estos días.


Viena, Austria
Marienkirche, Viena - Hernals
Pasajes de la homilía
Joseph W. Tobin, C.Ss.R.

Mis queridos cohermanos, queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Es un placer para mí dirigirles una breve reflexión en esta celebración eucarística que conmemora el Centenario de la canonización de San Clemente María Hofbauer...

... Recordar la canonización de un santo es una invitación que se nos hace a cada uno de nosotros a pensar en la posibilidad de la santidad. ¿Qué quiso decir Jesús cuando alentó a sus discípulos a ser santos, incluso "perfectos como su Padre celestial era perfecto"? (Mt 5, 48). ¿La vida de San Clemente puede decirnos hoy lo que significa la santidad, o debemos considerarla como una obra de arte que debe admirarse pero que no puede imitarse porque su mundo fue muy diferente al nuestro?

...Humanamente hablando, todos sus esfuerzos por difundir su amada Congregación fueron baldíos. El gran centro pastoral fundado en San Benon, Varsovia, fue barrido del mapa por la Grande Armée de Napoleón. Fueron muchos sus proyectos e iniciativas pastorales en Viena que resultaron frustrados por la burocracia imperial y por las intrigas de los poderosos. Sin embargo, incluso siendo ya anciano, Clemente continuó soñando, proponiendo, invitando. Al final de su vida escribió que no podía rehusar nuevas y laboriosas actividades a pesar de su avanzada edad.

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... No fue un ingenuo optimismo o la negación de la realidad lo que ayudó a Clemente a perseverar. Dios fue el fundamento de su misión y, en sentido literal, también su fiador. Sin olvidar la urgencia de su misión, confió en que los auténticos frutos vendrían después. Un misionero planta, otro recoge, pero es Dios quien da el crecimiento, el propio Dios "que tanto amó al mundo”. A pesar del manifiesto fracaso de gran parte de su obra, bien podemos imaginar a San Clemente anticipándose a la oración de la noche atribuida al Papa Juan XXIII: "Amado Señor, la Iglesia es suya. ¡Yo me voy a dormir!". Como enseña Benedicto XVI: "Aquel que tiene esperanza vive de forma diferente; aquel que espera, recibe el don de la vida nueva” (Spes Salvi, 2).

Mientras continuamos esta eucaristía, damos gracias a Dios por el don de San Clemente María Hofbauer. Él nos muestra que la santidad es un don y una tarea para cada uno de nosotros. Su vida es una lección de esperanza, incluso ante el fracaso obvio. Él nos reta a cada uno de nosotros, especialmente a sus cohermanos, a no avergonzarnos del Evangelio, sino a predicarlo de nuevas formas ya que es "fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1, 16)



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